El tiempo pasa y con ellos se desvanece la historia...

El tren ya no pasa y con el se fue la historia
La alegría de sus gentes y el caramelito rojo se extinguen como se extinguió el uso del tren.
Una flota llena de gente, una música de Charrito negro, acompañan el viaje hacia Zipaquira, una nueva aventura para contar.
Un pueblo que intenta convertirse en ciudad, construcciones a medio terminar y un parque desierto que los zipaquireños se niegan a aceptar. Ellos mismos dicen que la historia de su tierrita se ha olvidado por los intentos de los políticos que los han intentado modernizar.
Son las 8:30 de la mañana, un domingo y mientras la gente camina por sus calles, se ven acompañados de soledad. Porque el centro del pueblo se encuentra vació, la historia de sus años de gloria pasea por las pocas casas que no han acabado con su parte colonial.
Balcones grandes enmaderados que dejan imaginar la época de aquellos políticos que les quisieron gobernar y que hicieron de ese pueblo una propiedad liberal.
Por fin en el centro, una plazoleta que tiempo atrás era utilizada para la venta del mercado, y que ahora se ve desolada, y su único atractivo es la catedral que llama más la atención denoche que de día. Pero para esa hora del día se ve sola, tan solo se ven algunos cristianos intentando llegar a tiempo a la misa que avisa la camapaña final.
Las casas que rodean la plaza central del pueblo están adornadas con balcones y cada una de ellas tiene impreso en piedra algo del recuerdo de lo que representaron algún día; su historia se percibe en el aire, pero ya ni su tren funciona para atraer a otros que quieran indagar en la historia de aquel lugar.
En la plaza de cemento solo se pueden ver a traes hombres con caballitos de juguete, que trabajan dejando el recuerdo de su pueblo que a pesar de todo tiene mucho que contar. Oswaldo, Jorge y Pantoja, tres hombres mayores que le sonríen a la vida, capturando momentos de alegría de las personas que todavía van a zipaquira.
Don Oswaldo Cadena, el payaso, uno de estos hombres accede a contarnos de su pueblo, de la zipaquira que tanto añora porque según el “todo tiempo pasado fue mejor”; y hace énfasis en el tren turístico, que ayudaba a la economía y permitía “ganar más platica” gracias a que en esa época las empleadas del servicio iban mucho y les gustaba retratarse.
Dice que su pueblo tiene mucha historia, pero que ya casi nadie recuerda lo que fueron los tiempos en los que la emisora del pueblo hacia servicios sociales, y el tren traía a los reclutas que pasaban para Bogotá, que se comían todo lo que encontraban a su paso. Las arepas amarillas, los caramelitos rojos, la mazamorra, entre tantos otros manjares que vendían en esa gloriosa época en la que pasaba el tren.
Personajes vivieron en sus casas y recuerda con cariño al maestro Guillermo Quevedo Zornoza, el compositor del himno zipaquireño, un ilustre maestro que recuerdan con cariño porque les enseño a cantar en la época escolar, y a quien hasta el Nóbel se atreve a recordar diciendo “Nunca supo el maestro Guillermo Quevedo Zornoza, ni me atreví a decírselo, que el sueño de mi vida en aquellos años era ser como él”.
Pero así como ilustres personajes, vivieron y pasaron por zipaquira, no podían faltar los personajes de la vida popular que llenaron de recuerdos y anécdotas graciosas a los habitantes de aquel lugar, uno de ellos fue la "tuerta" Teresa, una mujer que vivía del trabajo en la plaza de mercado cargando bultos, quien terminó casada con un "papero", pero que recuerdan con mucho agrado porque su labor no la desempeñaba ninguna otra mujer y menos con su discapacidad física. Bueno, aunque lo llamativo de la historia fue que comenzó cargando bultos y termino casada con un hombre adinerado, con quien tuvo una hija, y bueno como todos los finales no pueden ser felices, después de su muerte la hija malgasto lo que tenían y se dedico a criar los hijos del pueblo.
Alguien que es remotamente recordado es el ex campeón ciclístico Efraín Forero, a quien llamaban el indomable de Zipa; quien en sus épocas de gloria fue reconocido y animado por todos, pero que ahora al parecer viven la ciudad de Bogotá, manejando un bus de servicio público. Así como ellos pasaron los cuentos de la sin sombrero, el bobo del pueblo, el loco, el payaso; y lo llamativo de esto es que el payaso es Don Oswaldo, quien hace monerías para que los niños miran la cámara y salgan sonrientes y el loco, es don Jorge, un hombre que cuenta historias y le critican sus amigos por tener tantas amantes.
Como todo pueblo, zipaquirá tiene su historia, una de políticos liberales y de personas que se volvieron famosas y que “como nadie es profeta en su tierra” terminaron siendo reconocidas mas a nivel internacional que nacional, y para eso tenemos a
El viaje llega a su fin y queda para la memoria las sonrisas de estos hombres que muy cordialmente nos brindaron hospitalidad y contaron sus historias; y una vez más notamos que no siempre el supuesto progreso ayuda a un pueblo, sino que por el contrariocontribuye a la pérdida de su historia y sus recuerdos.
El tren desapareció, queda el recuerdo de un vagón en el parque que nadie quiere; los fotógrafos cada día tienen menos trabajo porque no solo hay carencia de turistas, sino que la tecnología les quita su labor, y lo único que queda de zipa llamativo, es la excelente catedral de sal, que es más reconocida a nivel mundial que en la misma Colombia.
